Recuerdo que cuando era niña sentía una
gran pasión por los planetas. Me daba intriga saber qué había en ellos, quería
sentir el calor del sol y comer el queso que había en la luna. Todas las noches
me asomaba por la ventana con mis binoculares para ver estrellas fugaces,
siendo que vivía en la ciudad y las estrellas eran apenas visibles. Lo más
cercano al espacio exterior que tenía era un libro que me había regalado mi
abuela. En él habían imágenes e información sobre cada uno de los planetas del
sistema solar, y me había enamorado profundamente de cada uno de ellos, con sus
variedades de colores y tamaños. Mi mamá me había llevado a un planetario, y
ahí conocí más cosas. Me di cuenta que no todo era bello en el espacio, y que
había cosas feas. Ahí nació mi miedo a los meteoritos y los hoyos negros,
dejándome sin sueño durante un tiempo. Empecé a averiguar sobre ellos,
aprendiendo que nuestros antepasados los dinosaurios se habían extinto por un
meteorito, así, me daba más terror la idea de que existan.
Pasado un tiempo, nos
mudamos al campo: me hizo más que feliz ya que por fin vería todos los
planetas y estrellas que quisiera. Llegado mi cumpleaños, mi mamá me regaló un
telescopio para sentirme más cerca de los planetas y de mis sueños, pasaba días
y noches observando la belleza que se encontraba en el cielo, ampliando mis
deseos de llegar allí. Aprendí muchísimo a lo largo de mi vida sobre los
planetas, como la lluvia acida en Venus, o la cantidad de satélites que tienen
Neptuno y Júpiter. Mis deseos de llegar al espacio siempre fueron más allá de
lo común, llegué a la NASA con tan solo 15 años, gracias a un concurso de
Astronomía en el cual me inscribí. Estudié toda mi secundaria en un colegio
especializado en Física y Astronomía y me gradué, ganando una beca en la mejor
universidad de Astronomía del país. Me esforcé mucho a lo largo de mi vida para
llegar a tocar el oscuro espacio exterior, siendo el día de mi graduación el
más feliz de mi existencia, ya que me sentía a un paso de tener la enormidad del
cielo en mis manos.
Hoy los veo a todos desde muy lejos, y
no porque haya muerto. Estoy dentro de una nave espacial viajando hacia la
luna, nuestro querido satélite blanco “hecho de queso”, viendo a mi amado
planeta Tierra del tamaño de una pelota de futbol, buscando mi casa desde lo
lejos, deseando la felicidad de mi familia, anhelando tocar la luna y cada uno
de los planetas de nuestra gran galaxia.
Canción a elección del lector.
Camila Oropeza Pampin (15 años)